NYC: Rodar o morir

Una pequeña anécdota de lo que fue correr un Medio Maratón en Brooklyn

Por Arturo Espinosa

Sean las 8 de la mañana o las 11:21 de la noche, en Nueva York siempre hay un ruido que destruye la calma. En Brooklyn, los judios jasídicos comparten territorio y veredas con jóvenes hipsters que han gentrificado barrios y los han transformado al grado de elevar el costo de vida de una manera sobrenatural. Vaya, te estoy describiendo cualquier gran ciudad del mundo, ¿cierto? 

Si bien las series, películas y relatos que escuchamos sobre esta ciudad nos dan una perspectiva de lo que podría llegar a ser, verla en vivo es una experiencia totalmente distinta, o al menos desde una experiencia propia. Sabía que los rascacielos eran gigantescos, pero no que encontraría 28 bolsas de basura apiladas en cada esquina. Estaba seguro que aquí se había gestado la primera ola del punk; los Ramones, Blondie, Patti Smith, Television, Talking Heads, todos en cuna del CBGB de Hilly Kristal en un local que se caía a pedazos con un Nueva York hundido en heroína, desigualdad y crimen. La cultura del hastío y la frustración. Pero tampoco sabía que este punto de rebeldía y de libre expresión ahora vendía ropa de lujo. Quién lo diría. 

Lower Manhattan

Así como podemos ir enumerando cientos de situaciones que van cambiando y evolucionando, algunas para bien, otras para mal, dependiendo desde el ojo que se vea, este punto recibía a miles de corredores para arrojar un poco más de cultura a sus calles… como si le hiciera falta. Y es que desde la primera vez que corrí en sus calles, sabía que aquí había algo distinto. Desde Central Park hasta Prospect Park. Cruzando Williamsburg, Manhattan Bridge y DUMBO, aquí se respira y transmite una vibra que interfiere correr como en ningún otro sitio en el que haya estado. 

Nacido y criado en Ciudad de México, pensaba en todas las similitudes y diferencias de dos ciudades que son colosales. La primera es sencilla de deducir: el tamaño, el océano de personas, el metro, el tratar de sobrevivir a diario. La segunda no tanto, y hasta expresarlo de manera escrita quizá no le haga justicia: el compañerismo, la inclusión, el saber que todos están luchando contra algo gigantesco y se pueden arropar con un poco de kilómetros en conjunto, las nulas miradas de desprecio. Los equipos aquí hacen cohesión, sin importar tu estatus socioeconómico o ritmo de carrera, todos rasgan la ciudad con sus pies muy a su manera. Con esto recordaba un poco a Parker en Once a Runner: “Conviértete en leyenda en nuestro propio tiempo”. Me podría convertir en un mensajero de Dios entregando los temidos pergaminos, pero también iríamos junto a Satanás con cenizas en la espalda. Todos nos íbamos a quemar el domingo. 

Easy run en Lower Manhattan

Sábado 23 de Abril, 9:15 de la mañana. Habíamos recogido el número de la carrera un día antes en un barrio invadido por la comunidad latina, sobre todo mexicanos. Burritos, enchiladas, topo chico, nachos y hasta guisos como chicharrón en salsa verde y picadillo se ofrecían en pequeñas bodegas y restaurantes que parecían tener años en el negocio. El tiempo donde probar comida mexicana en Estados Unidos era igual a comer tortillas fritas con queso, granos de maíz amarillo, crema y carne quedó atrás, aquí se puede encontrar de todo. No en un estado donde tengas contentos a los puristas de la gastronomía, pero verdaderas opciones existen. 

Varios grupos despejaban las piernas en conjunto en los famosos “shake out”, que cabe aclarar, el Brooklyn Marathon organizado por NYC Runs es más una carrera local que un evento de alto calibre como el maratón de noviembre, donde asisten cerca de 50 o 60 mil personas. Eso le da un toque más íntimo (aunque eran 20 mil personas convocadas a la línea de meta), enfocado a los citadinos que quieren probar suerte y roer las calles un domingo por la mañana. Y ahí, entre todos ellos, se partía en un trote de 30 minutos por las colinas de Central Park. Cobijados por los grandes edificios en un parque totalmente artificial. Diseñado con exactitud. Aquí nada es una coincidencia, tiene los centímetros cuadrados de pasto que se dibujaron en el trazado de los mapas. Los litros de agua que fueron destinados para el lago. Un lugar que desde donde voltees verás una construcción legendaria. Listos o no, todos nos veríamos mañana en McCarren Park. 

Brooklyn Bridge – 2 días antes de la carrera

Domingo 24 de abril, 4:30 de la mañana. El despertador suena y de inmediato te paras. Creo que cada corredor tiene cierto ritual en los días de carrera. El mío es bastante sencillo: trato de no complicarme en nada. Un café, un bagel quizá con crema de cacahuate o mermelada salida de una muestra individual, un electrolito. Solo eso, no se necesita gran parafernalia para rodar. Un día antes: pasta y mantenerse hidratado. Situaciones testeadas, situaciones controladas. En el entre de la salida a la calle y estar en tu alojamiento: una visita obligada al baño. Sabemos que muy probablemente se utilizará un baño portátil, pero si se puede evitar, mucho mejor. 

Camino a McCarren varios nos sumergimos en el metro de Nueva York. Uno reconoce a los que van a la línea de meta. Algunos desayunando una barra de granola. Otros tomando una bebida energética o comiendo un gel. Cientos de corredores tomando los andenes en un domingo por la mañana. La vibra se hacía presente, y también el nerviosismo. Al llegar y arribar a los corrales surgió el que puede ser la única objeción para esta carrera: el lentísimo acceso a tu grupo asignado. Debías pasar por detectores de metal y quitarte absolutamente todo de las bolsas. Sin número en la playera simplemente no pasabas. Había corrido California en diciembre pasado y aquí era una seguridad totalmente distinta. Perros detectores, cientos de policías, kilométricas filas para ingresar. Es lo que hay que pagar en una ciudad con un pasado turbio. Aún así, el ánimo hervía, todos sabíamos que era un excelente día. 

DUMBO – Brooklyn

Después de todo, de miles de kilómetros lejos de casa, en un sitio que no es tu hogar, ahí estábamos, miles, como los mismos kilómetros. El disparo de salida se escuchó y partimos rumbo a Prospect Park, y como la profecía lo dictaba: nos íbamos a quemar, pero también íbamos a quemar. Corredores duros, muy duros para alguien tan amateur e inconsistente como un servidor. Pasamos el kilómetro 5 en 19’28”. Un grupo de 7 que en algún momento se iba a disolver, pero en ese momento estábamos reinando nuestra mente y creencias. 

Dejábamos atrás DUMBO cerca de los 10 kilómetros pasando apenas 40 minutos. Me atragantaba de agua. Me atraganté con un gel. Me atraganté de Nuun. Me estaba atragantando en cualquier sentido y significado que tenga la palabra, quizá hasta mal empleada en un momento así. Pero así me sentía. Una sensación de estar corriendo lo más rápido posible, empujando parámetros que no tenías en el radar. La sensación de estar volando con 7 aventureros que formaron un grupo de camaradería y nos hallábamos camino a limpiar las calles. Dos minutos más y eso quedaría en el recuerdo de todos. 

El primero en caer fue un señor que rondaba los 60 años. Fuerte. Un maldito roble. Portaba una playera Jack Rabbit y seguramente llevaba haciendo esto por años. Un par de minutos después, cuando nos encaminamos para Flatbush Ave, todo había culminado. La pendiente nos empezaba a matar de a uno. Caímos como piezas de dominó. Primero dos, que parecía se conocían y habían partido juntos. Luego una mujer de aproximadamente 30-35 años. Después yo. Los dos guerreros que continuaban alimentándose de la energía de la gente no sucumbieron y levantaron el vuelo juntos. Solo me quedaba verlos alejarse, intentar el esfuerzo de pegarme me quemaría más de lo que ya me estaba consumiendo. Faltaban 5 o 6 kilómetros y todo lo que seguía lo haría a percepción de la ruta. 

«Nadie te prometió que habría justicia universal». Una frase tan adecuada no existía para dicho momento. Había corrido, pero creo que no había entrenado. Estaría entrando a las colinas de Prospect Park a los 87 minutos de carrera, solo faltaría un pequeño pero eterno remate para terminar. Crucé la meta a los 89 minutos. Sucumbido. Caído. Cesado. Incinerado. Frito. Agotado. Feliz. Fuerte. Roido. Creyente. Sorprendido. Atónito. Pasmado. Satisfecho. Afortunado. Una manzana, un par de sorbos de gatorade que le faltaba sabor, otro bagel. 

Todos nos quemamos, pero no dejamos que el sueño se esfumara, y quemamos las calles. Nos cambiamos. Por apenas unas horas Nueva York había sido nuestra, y todos lo sabíamos. “La más temeraria, ambiciosa, confusa, cómica, triste, fría y humana de todas las ciudades.”

Chip: 1’29″01

Publicado por rungrymx

Corremos distancias largas, descubrimos lugares, creamos comunidad, compartimos experiencias y probamos el sabor de México.

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