Defiende tu dolor: crónica de un viaje maratónico

Palabras de Arturo Espinosa

Regresar no siempre es retroceso, al contrario, en muchas ocasiones es sinónimo de volver a intentar. Ese fue mi mantra durante todo un fin de semana. Me repetía de forma constante: “es tu segundo intento, abraza y defiende tu dolor”. Pase lo que pase, no dimitiste y aquí estás de nuevo, ahora a miles de kilómetros de casa, para agrietarte y volver a buscar eso que quieres seguir encontrando. En ocasiones lo tienes, en otras te sientes totalmente perdido. Cualquiera que fuera el resultado, el mantra iba a quedar intacto. No te ibas a caer

En una semana de muchas dudas sobre mi estado físico, sentía mucho miedo, mi rostro ya no contagiaba el “no estoy nervioso” aunque mis labios siguieran diciéndolo como una letanía. Siendo completamente honesto, creía que no completaría la distancia. Me sentía pesado, como si mis pantorrillas fueran de concreto. Tenía un mes sin haberme hecho una descarga de piernas, solo utilizaba métodos caseros como un rodillo y había adquirido una pistola de masaje, pero nada a profundidad. Estaba temeroso y dejé pasar algunos entrenamientos; en su lugar solo hacía trotes ligeros y estiraba lo más que aguantara el cuerpo. En el último tempo me sentí espeso. El caballo recorriendo el barro sin poder alzar la zancada. Mierda, no ahora. 

Sin poner ninguna alarma el sábado, tratando de dormir la mayor de horas posibles un día previo a la carrera, salimos por un clásico shake out de piernas en el parque donde está ubicado el Capitolio de Sacramento. Karla había fungido como terapeuta y las últimas tres noches me había ayudado con el masaje. La guiaba sobre los puntos a presionar y una luz de esperanza llegaba esa mañana de trote. Ya no sentía los ladrillos, mis piernas reaccionaban y el espíritu maratónico se sentía en las calles. Nunca había vivido algo similar, es una vibra poderosa. Pura energía. Unas 200-250 personas rondaban las calles. Seis hombres mucho más jóvenes que yo patrocinados por Hoka sacudían la tensión. Hacían sprints y parecía que irían por todas las canicas. Vaya que lucían rápidos. También estaba el team de Tracksmith y alcancé a ver alguno que otro mexicano, pero en realidad no conocía a nadie. Eso no me importaba, el espíritu ya había ingresado a los pulmones y mis piernas dieron el sí. Vas por todo joder. 

Shake Out – Sacramento

De repente los nervios se esfumaron y solo me concentraba en disfrutar el domingo. La alarma sonaría a las 3:45 AM, prepararía café y comería un bagel. El desayuno de siempre previo a los ejercicios fuertes del ciclo. “Lo de una distancia larga”, repetía en mi interior como si fuera algo sencillo. No lo iba a ser de ninguna manera, pero debía convencerme que así ocurriría. “Ya lo tienes, te lo ganaste, te toca ir por tu cerveza”. Esa sería mi medalla, nunca me han atraído tanto los metales al llegar a la meta, claro que tienen su significado y cualquier corredor se debe sentir ofendido por esta declaración, pero me tiene sin cuidado cómo es el diseño o qué tanto brillo puede llegar a tener. La carrera es la carrera, y la cerveza es la cerveza. Ahí está el juego: en la ruta y la cebada que tanto te prohibiste por tres o cuatro meses, aunque, también debo ser honesto, no me la prohibo tanto como los eruditos expertos en este tema de correr.  

Salimos de nuestro lugar de hospedaje (del que luego recomendaremos si quieres hacer un viaje similar) cerca de las 4:50AM para tomar el camión que dejaría a los corredores en Folsom. Al igual que Boston o Nueva York, el recorrido del Maratón de California no es circular. Va de punto a punto, la organización se encarga del transporte y ofrece varios puntos de la ciudad para llevarte hasta la línea de salida. Era una mañana bastante fría, y si no quieres perder prendas para donación, debes ir listo tal cual como correrás. Yo iría así, aunque puedes quedarte dentro del camión todo lo que desees hasta que salgas a calentar. 

A las 6:20AM ya estaba trotando a unos metros del corral de salida. Aligerando los nervios y calentando muy suave. Veías de todo: hombres de 50 años en mameluco para no perder calor corporal. Jóvenes que ya traían el ritmo por los cielos y estaban activando las piernas. Mujeres que irían en grupo para lograr una marca en conjunto. Algunos otros afinando detalles de la estrategia mientras bebían café para no enfriarse. Veteranos de la distancia. Debutantes que serían delatados por su mirada de asombro. Soñadores que irían por el tan ansiado unicornio. Incrédulos como yo que sentían sería una mañana no tan complicada. Un maratón, nada está comprado. Nada es sencillo. 

Minutos previos al disparo los corrales ya estaban estancados. Algunos pasaban a tu lado y ofrecían combustible: “Maurten, quién quiere Maurten”. Otros se encasillaban en sus audífonos y solo querían arrancar. Un señor oriental de entre 55-60 años me dijo algo, que no pude escuchar porque estaba disfrutando, o no, a los Talking Heads o Sharon Van Etten, no recuerdo muy bien. “¿Es tu primero?”, repitió cuando paré la música. “No, es mi segundo intento”, repliqué, tal vez mis nervios relucían aunque no lo aceptara. “Encuentra a tus camaradas, aún cuando no los conozcas”, aconsejó mientras lo miraba y preguntaba por su meta. “2 horas 55 minutos, veremos en el camino si se aprieta un poco”, dijo antes de que cada uno siguiera en su mundo. “Mierda, es rápido”, pensaba mientras volvía a reproducir mis audífonos. Primer error, los hubiera dejado en el buró. Espero haya logrado su objetivo, poseía una mirada fuerte, confiado pero no en exceso. Viejo lobo de mar.

Después del himno se escuchó el tan ansiado disparo y salimos encañados todos por un sueño: comernos la distancia, el tan ansiado ritual había iniciado. El servicio dominical. Que se escuche hasta el cielo. 

Todos, absolutamente todos los que han corrido un maratón te van a dar un consejo similar: “no salgas rápido, no importa qué suceda… que no te gane la emoción”. En el momento de la marcha parece que te dices: “vamos, sal con todo desde el segundo dos, ¡que se pudran tus piernas!”. Después de un primer kilómetro a 4’30”, todo iba viento en popa. Me acomodé muy bien con un grupo de entre 40-50 corredores. Yo iba hasta el final de todos, el tema de hidratación es crucial y no quería quedarme en medio, después resulta complicado salir y puedes perderte puntos de agua o electrolitos. Nunca te saltes ninguno, es vital. Me repetía mientras manteníamos un ritmo incómodo, al menos para mí, pero sostenible. Había corrido muy bien las últimas dos semanas los entrenamientos de intervalos. Creo mejor que las distancias largas. Estaba fuerte. Me sentía así. Ya no pasaba por mi cabeza el tema de las pantorrillas.

Última distancia larga del ciclo. Barnett Ranch – Ramona

Pasamos el primer punto de cronometraje en 21’52”, íbamos a un ritmo de 4 minutos con 22 segundos por kilómetro. Se había solidificado el grupo. Algunos se integraban con nosotros y muchos otros arrancarían para ir más rápido. «Tal vez fue su calentamiento«, me venía a la mente mientras me trataba de concentrar en mi respiración. Volteaba a ver a mi alrededor: viejos árboles nos cubrían de brisa invernal. Había hojas naranjas y amarillas decorando los caminos de terracería. El clima era perfecto, no tendríamos ni un rayo de Sol en toda la ruta. Pasabas por granjas y casas enormes. Cercas blancas que solo ves en películas western. Algunos valientes locales desafiaban el frío y salían para apoyar. No eran grandes grupos como los que se ven en otros maratones, pero para mí así se forma la cultura. Si una persona salió a apoyarte merece un respeto enorme. Estás en su hogar, te está dando la bienvenida. Agradécelo, corre por ellos también. El humo y la niebla se hacían uno mismo en el aire. Familias se calentaban en sus porches con leña mientras gritaban tu número. “Ve por ello, 2876”. “Luces fuerte, 1678”. El sueño se sentía más vivo que nunca. 

Pasamos el punto del 10K y ya no checaba mi reloj en cada kilómetro. El tiempo no debía ser mi rival, al contrario, es un aliado, debes estar disfrutando lo que estás haciendo, no queriendo luchar contra ello. Nunca vas a ganar ese juego. Aquí no quiero decir, “no debes ir por una marca”. Sabemos lo gratificante que es, ya luchaste por ella durante meses. Pero las obsesiones nunca vienen bien, si solo estás corriendo para demostrar algo con números y no algo para ti, puede que empieces a perder el gozo de esto. Vaya, disfrútalo. Cómete ese sub4 que tanto quieres. Califica a esa carrera que tanto te quita el sueño. Pero hazlo amando el proceso. El tiempo es un aliado, mientras más podamos hacer esto, mejor. 

Últimos intervalos del ciclo. Ramona – una calle solitaria con cuestas.

Pasando el 15k el grupo lucía más reducido. Llevábamos 1 hora y cinco minutos quemando el asfalto. Checaba a mis compañeros de ruta y solo dos de los 25 que ya íbamos en marcha llevaban música. “¿Qué estoy escuchando? ¿Disfrutas la playlist que hiciste? ¿Recuerdas siquiera cómo se llama esta canción?”, me cuestionaba al percatarme que no había prestado atención los 20 minutos anteriores, solo estaba en automático con las canciones. Que se pudra la música, hoy no era día de traer audífonos. Hice malabares durante los siguientes dos kilómetros con ellos. No podía introducirlos a mi short o al cinturón donde llevaba mis geles. Mis guantes ya estaban empapados por la torpeza en como recoges la hidratación otorgada por los gigantescos voluntarios. Pude quitarme uno de mi mano y al fin solucionar el problema. Seguimos vivos. 

El medio maratón estaba marcado por un arco: “¡estás a mitad de camino!”, tenía inscrito como si eso fuera una buena noticia. Otros 21 kilómetros. Gritaba en mi interior mientras me atragantaba con un gel. Vaya forma de vivir un domingo. Al pasar el 26k el grupo ya solo admitía a pocos locos que seguían arrastrando las piernas por el concreto. Quedábamos 13 o 15, entre todos dos mujeres muy duras, que vivíamos respirando agitadamente mientras intentábamos regular nuestro ritmo cardiaco. Iría a no menos de 175-180 pulsaciones por minuto. Iba quemándome, aunque todavía no lo sabía. 

Los próximos 4 kilómetros fueron duros. Iba codo a codo con un señor de entre 45-47 años vestido totalmente de blanco. Pasamos por un abastecimiento de geles y no pudo agarrar alguno. “Shit”, se escuchó entrecortado mientras seguíamos bailando con el Diablo. Extendí mi mano y tomó uno de los dos que traía conmigo. “Gracias, hermano, muy agradecido”, dijo. Solo alce mi palma, no quería hablar, seguía manteniendo el ritmo, pero ya no me sentía tan fuerte. Los estragos habían llegado a mi cuerpo. Al 34k empecé a perder a mi flota, un puesto de agua me hizo quedar 5 segundos extra. Le valdría la culpabilidad los siguientes 6 kilómetros, lo señalé aunque no fuera verdad. Me había atrasado y me era imposible alcanzarles. “Si los puedes ver, no todo está perdido, haz un intento más adelante y vuelve a pegarte”, pasaba por mi cabeza en una misión que no podría completar. Se alejarían. Minutos después eran fantasmas para mis ojos. 

El último tramo de la carrera me sentía hundido. Mi caballo había abandonado la carga y mis piernas estaban cubiertas de plomo. Si quería ir más rápido sentía que caía. “Solo debes mantener el paso, quédate cómodo”, le gritaba una mujer a otro hombre que ya iba caminando. Aunque no iba dirigido para mí, tomé el consejo como propio. “Vamos, hombre, viniste a sufrir”. Era mi último mantra, el recurso que me salvaría los próximos 3 kilómetros. 

En la última curva vería a Karla a lo lejos. Esta también era su carrera aunque no tuviera un dorsal en el pecho. Gritaba, grababa, tomaba fotos. Coach, terapeuta, compañera de entrenamientos, amiga, consejera, pareja. El paquete entero. Todo en 15 segundos de euforia que reviviría por toda la tarde. Lo habíamos hecho, aunque fuera yo quien estaría cruzando la meta en un nada despreciable 3 horas 18 minutos y 16 segundos, ella era en gran parte responsable de que la llama siguiera prendida y quemando fuerte. 

Meta de CIM

Al cruzar la meta lleve mis manos a las rodillas. Habría perdido el ritmo y mis piernas no habrían respondido 7 kilómetros, pero no me sentía derrotado. Era una gloria estar ahí. Todo lo que pregoné por meses se había hecho realidad. El dolor me canalizaba desde las uñas hasta la cabeza. El frío empezaba a recorrer mi cuerpo por primera vez en toda la mañana. Estaba empapado. No podía caminar bien. “No quiero volver a correr”, le dije a Karla mientras nos fundíamos en un fuerte abrazo. 

Abrí la cerveza y la terminé en 10 segundos. Dos sorbos fue la duración de la lata. Dos malditos tragos. ¿Tanto para eso? Sí, pensé mientras daba pasos complejos. Mis piernas ya no funcionaban. Me senté. No podía levantarme, necesité ayuda para retirarme los tenis de mis pies. Después de una hora tomamos café. Comí un pan. Por la tarde un ramen inundó mi estómago y volví a beber otra cerveza, ahora de origen japonés. Ganamos, por fin una maldita victoria. 

Una semana después, me retracté de mis palabras. Quiero volver a correr.

Esta es un texto 100% personal. El maratón es MUY duro, al menos para mí. Respétalo y disfrútalo.

Publicado por rungrymx

Somos corredores, apasionados por las distancias largas.

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