Volver-a-empezar

Palabras de Liz Santos


La oración que por excelencia es fácil de decir y difícil de seguir; compuesta por tres palabras, que, separadas, no tienen el mismo significado.

A finales de junio, me contagié de COVID. Como es de suponerse, fue una sorpresa. Por muy saludable que lleves tu vida, no sabes cómo reaccionará tu cuerpo ante esta nueva enfermedad. Mis síntomas fueron leves pero el bajón emocional fue lo peor.

Aún con el alta del médico, me prohibieron hacer actividades físicas por al menos un mes. Pensé que me sentiría perdida sin poder correr durante tanto tiempo, pero no, al contrario, un sentimiento de vacío e indiferencia me invadió.

Disfrutar y sus matices.

Desde antes de contagiarme, algo andaba mal. Tenía los ánimos bajos cuando de correr se trataba. Ya no disfrutaba salir un rato a trotar. Ya era algo que tenía que hacer: para mantener mi peso, para alejar a la ansiedad, para desestresarme o cualquier connotación que se le pudiera adjudicar. Ya era más una tarea por cumplir.

Seguro que más de uno que está leyendo esto, piensa: bueno, si corrías, ¿no significaba que lo disfrutabas? Por supuesto que lo hacía, pero disfrutar se tiñe de un matiz ambiguo.

Cortesía

Correr siempre ha supuesto un reto para mí. El running y yo no éramos amigos. Ni suponer que podíamos vernos la cara. Comencé a practicarlo para demostrarme de lo que era capaz y después de varios intentos fallidos, nos encontramos el gusto.

Ponerme los tenis y salir a correr en casi cualquier lugar se convirtió en una actividad que me distraía del estrés. Sin embargo, me concentré tanto en liberar mis emociones mientras corría que dejó de tener ese valor. Fue como si mi cerebro relacionara el cansancio como una salida de la ansiedad acumulada. Entonces, si no me cansaba, no había hecho lo suficiente.
Para mí, había perdido el encanto porque, para sentirme satisfecha, implicaba sumar más kilómetros, más esfuerzo, más cansancio y más tiempo. Lo hacía con tal de sentirme bien, sin embargo, se convirtió en un círculo vicioso donde necesitaba cada vez más y más.

Víctima de mis propios pensamientos de insatisfacción, se le sumó la idea de que los minutos que destinaba para correr era una pérdida de tiempo. Mi mente utilizaba los entrenamientos para pensar en todos los pendientes que tenía por hacer, en recordarme malas experiencias del pasado o en cualquier cosa menos en lo que estaba haciendo. Cuando me di cuenta de ello; porque sí, sucedían incluso escuchando música; decidí escuchar podcasts. Funcionó. Al menos la mente se concentraba en la conversación entre dos extraños. Pero seguía alejándome de ser consciente al correr.

Liz y Karla – La Pila

Producto de esto, una situación muy curiosa sucedió. Para el resto de las personas yo era alguien “constante”, porque claro, seguía sumando minutos y kilómetros solo por acallar mi mente. Aquella falsa impresión que daba al resto de las personas en las redes sociales se impregnó, y yo, también me lo creí.

Lo disfrutaba, por supuesto. No conozco a alguien que no le guste ser elogiado, aunque sea por algo que no es real. Entonces también quise mantener esa falsa ilusión. Una competencia para saber quién era mejor. ¿Contra quién? Nadie en específico. No existe ese alguien, y, a la vez, sí. Esto se trata sólo de obtener la aprobación de los demás. Tuve que preguntarme si realmente quería eso. Porque mi mente sólo trabajaba en torno a ello y tomaba decisiones conforme a ese objetivo.

Correr en otros pies

Cuando el COVID decidió visitar y alojarse en mi cuerpo, tiempo de sobra tuve para reflexionar y ver qué era lo que me pasaba. Estuve inmersa largas horas, intentando quitarle las barreras, connotaciones y máscaras que le había adjudicado al running. Hice ejercicios mentales para desglosar mi propósito de seguir corriendo: ¿qué buscaba obtener de todo ello?

En ese momento un libro se cruzó en mi camino: De que hablo cuando hablo de correr de Haruki Murakami. Tiene una forma peculiar de describir la vida cotidiana, lo hace con tanto detalle que te dan ganas de convertirte en la persona más común y corriente de este planeta sólo para lograr ser objetivo de su atención.

Entre tantas cosas de la que habla en sus memorias, que, a mi parecer, es mucho más profundo que el simple hecho de correr temprano por las mañanas; explica que es lo que le hace volver todos los días a calzarse los tenis. El valor que tiene un ritual tan sencillo.

Haruki Murakami

Describe lo que ve, lo que escucha, cómo se siente su cuerpo. Se pregunta por qué no puede seguir corriendo de la misma forma que hace veintitantos años y se hace las mismas preguntas que yo en ese momento. Con cada párrafo y verso leído, me sumergió en su mundo hasta el punto de cuestionarme si yo me sentía así. De pronto, nuevas preguntas se formularon: ¿qué recuerdos tengo de mis carreras? ¿puedo recordar a las dos mujeres que todos los días trotan con sus mascotas? ¿cómo son sus caras? ¿cómo era mi respiración al correr? ¿desenfrenada o tranquila?

Me dediqué a leer al señor Murakami largo y tendido. Él no lo sabe y probablemente nunca lo sabrá, pero con el libro de sus memorias como corredor, me llevó con él a practicar el running mientras yo estaba en cama sin poder moverme a causa del virus. Corrí, a lado de Murakami, el maratón de Nueva York; muchas mañanas, lo acompañé en Cambridge, a un lado de la ribera del río Charles; sufrí con él la ultramaratón de cien kilómetros del lago Saroma; y hasta en el triatlón de la ciudad de Murakami, en Niigata, logré visualizar su cansancio y sentí cómo le atormentaba el pánico. Pude simpatizarme con todos y cada uno de los sentimientos que describe. Pude ver las respuestas que iban surgiendo poco a poco de sus preguntas y por primera vez, pude alejarme de mis pensamientos para entender qué estaba mal conmigo.

Con tantas preguntas y casi ninguna respuesta, logré recabar las pocas memorias de cuando era consciente de lo que pasaba a mi alrededor mientras corría. En pocas ocasiones me había salido una sonrisa tan grande de satisfacción por haber corrido unos cuantos kilómetros.

Cuando el mundo se pinta caótico y dramático

En De que hablo cuando hablo de correr encontré la paciencia y cariño que a mí me había faltado, y una breve lección sobre cómo entrenar a la mente. Los hábitos tardan en morir, dice Murakami.

En efecto, y a la mente hay que entrenarla igual que al cuerpo.

Cortesía

Fue cuando tomé la decisión que, si me recuperaba del COVID, volvería a correr, pero desde cero. Con la promesa de disfrutar cualquier triunfo, incluso si el único que tendría en el día fuera abrocharme las agujetas. Me dije que no debía alegrarme por cada entrenamiento, pero sí recompensarme por haber salido a correr.

Esta promesa suena exagerada, porque realmente no estaba muy grave del COVID; sí, con síntomas dolorosos, pero nada malo que resaltar. Cuando uno enferma, el mundo se pinta caótico y dramático; quieres encontrar cualquier destello de luz para lograr sobreponerte.

No sabía por dónde empezar este nuevo reto, así que decidí buscar libros que contenían planes de entrenamiento para principiantes. Elegí uno titulado El manual del buen corredor de Javier Serrano. El plan es muy sencillo y dura dos meses.

Sin perder un pulmón

Ya ha pasado un mes y he vuelto a correr probando el terreno. Mi primer entrenamiento constaba de 13 minutos. TRECE-MINUTOS. Cuando lo leí, me dije, esto es un chiste, ¿cierto?; sin embargo, mi respuesta estaba en la siguiente oración del libro:

“Que quede claro: en la primera fase no se trata de ponernos en forma en cuatro días -aunque algo conseguiremos-, sino de generar satisfacción y de que nos apetezca volver a calzarnos las zapas un par de días después.”

Me pareció bastante elocuente.

He salido de mi casa el martes de la semana pasada y al llegar al parque donde entreno saludé al vigilante. Un hombre de unos cincuenta años que, el único motivo para conocernos de vista es por frecuentar el recinto.

Como les iba diciendo, el primer entrenamiento constaba de caminar por 5’ + trotar 2’ + caminar 2’ + trotar 2’ + caminar 2’ y listo. Fácil, ¿no? Trece minutos de goce. Y fue así, mi respiración era un poco agitada, el cuerpo se sentía pesado y parecía que mis pies habían olvidado como moverse para trotar.

Cuando ya había agarrado el ritmo, llegó el final. Un sentimiento de decepción se apoderó de mí. – ¿Qué, sólo haremos esto? – me dijo mi mente. Tuve que contenerme. No quise quemar ese deseo de por el siguiente entrenamiento. Bien lo dice Serrano: “Tan peligroso es meter demasiada carga en un entrenamiento para alguien… (un principiante), como obligarle a salir prácticamente todos los días”

Liz – Valle del Conejo

No me resultó tan sencillo regresar mi atención a la respiración o concentrarme en cómo se sentía mi pesado cuerpo y los músculos blandos, o notar cómo los pulmones no trabajan igual que antes. No parezco ser yo la que está corriendo y ver mi pulso en 147 por haber corrido 2 minutos es bastante decepcionante.

Sin embargo, de no haber sido por esta rehabilitación mental no hubiera podido describirles cómo me sentía en esos 13 minutos. ¿curioso, ¿no? Que el simple acto de ser consciente de una actividad te comunique con tu cuerpo y este, a su vez, te hable de cómo se siente al respecto.

No tengo expectativas de estas próximas ocho semanas. La meta es correr durante 30 minutos sin perder un pulmón. Sí, no lo niego, me hubiera gustado correr unos 5 kilómetros desde el primer día, pero ¿para qué apresurarme? Estuve casi dos meses sin correr, no hay prisa ni necesidad de autoexigencias. Incluso el vigilante que me dijo: ¿qué? ¿tan rápido? Cuando me vio tomar el camino de regreso a casa. No supe cómo explicarle que estoy volviendo a empezar.

Publicado por rungrymx

Somos corredores, apasionados por las distancias largas.

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